sábado, 29 de agosto de 2026

RECORDANDO EL MENSAJE DE FATIMA VI


 

Honrar padre y madre

La hermana Lucia en su libro “Llamadas del Mensaje de Fátima” nos deja patente el rigor con que Dios pide la observancia de este mandamiento y la gravedad del pecado cometido contra el mismo.

Prueba de lo que nos dice la hermana es la abundancia de citas sobre este mandamiento que aparecen a lo largo de la escritura:

-Empezando por el precepto dando junto al resto del decálogo en el Sinaí: “Honra a tu padre y a tu madre, como te ordenó el Señor, tu Dios. (Dt 5, 16)

-“San Pablo escribiendo a los efesios, recuerda este mandato, pero no solo para los creyentes, sino para toda la humanidad: “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre” Este es el primer mandamiento que va unido a una promesa: “Para que te vaya bien y vivas largo tiempo en la tierra” (Ef.6 1-3)

Pero el cumplimiento de este mandamiento no es solo para ser felices en este mundo, sino sobre todo para evitar la desgracia eterna, dado que proceder en sentido contrario, es proceder contra la justicia y la caridad; constituyendo, por eso mismo, pecado grave que nos puede llevar a la eterna condenación.

No en vano la escritura dice sin medias tintas: “Quien maldijere a su padre o a su madre, será condenado a muerte. (Ex 21,17)

Jesús confirmando este mandamiento y como Dios se toma en serio su estricta observancia no tolerando excusas, sean por la razón que sean.

Jesús dice a los fariseos: “¿Y porque vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios dijo honra a tu padre y a tu madre y el que maldiga a su padre y a su madre sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís que si alguno dice a su padre o a su madre: Cualquier cosa mía que te aproveche sea declarada ofrenda, ese ya no tiene obligación de honrar a su padre y a su madre. Así, con vuestra tradición, habéis anulado la palabra de Dios. ¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo:

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, pues enseñan doctrinas que son preceptos de hombres.» (Mt 15, 3-9)

 

Transcribimos a continuación las sentencias del libro del Eclesiástico sobre este mandamiento. Leemos y reflexionamos:

“Hijos míos, escuchad los consejos de vuestro padre, ponedlos en práctica y os salvaréis

Porque el Señor honra más al padre que a los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre ellos.

Quien honra a su padre expía sus pecados; quien respeta a su madre acumula tesoros.

Quien honra a su padre recibirá alegría de sus hijos, y cuando rece, su oración será escuchada.

Quien respeta a su padre tendrá larga vida; quien obedece al Señor conforta a su madre*, y sirve a sus padres como si fueran sus amos.

Honra a tu padre de palabra y obra, para que su bendición llegue hasta ti. Porque la bendición del padre asegura la casa de sus hijos, y la maldición de la madre arranca los cimientos.

No te gloríes en la deshonra de tu padre, porque su deshonra no es motivo de gloria.

 La gloria de un hombre depende de la honra de su padre, y una madre deshonrada es la vergüenza de los hijos.

Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y durante su vida no le causes tristeza.

Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente con él; no le desprecies, tú que estás en la plenitud de tus fuerzas.

La compasión hacia el padre no será olvidada, te servirá para reparar tus pecados.

El Señor se acordará de ti en la tribulación, y tus pecados se diluirán como el hielo ante el calor.

Quien abandona a su padre es un blasfemo, maldito del Señor quien irrita a su madre.

(Ecl.  3 1-18)

Todas estas sentencias nos dicen como debe ser nuestro proceder con nuestros padres.

San Pablo tras recordar los preceptos hacia los padres, va más allá, también exhorta a obedecer a los superiores:

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, como conviene a quien cree en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que se vuelvan apocados.

Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de este mundo, no porque os ven, como quien busca agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, respetando al Señor. Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como si fuera para el Señor y no para los hombres,  conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa. El Amo a quien servís es Cristo. Así que, al que obre injustamente, se le devolverá conforme a esa injusticia, pues para Dios no hay favoritismos.

Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un amo en el cielo.

(Col. 3 20-24)

Este servir a los superiores, excepto que manden algo contrario a los preceptos de Dios, se ha de hacer, tal como dice San Pablo, se ha de servir por amor de Dios como si a él fuera hecho. Dios, sin duda recompensará esta actitud.

Veamos a nuestros superiores como un “padre” que Dios nos envía. El ejercer rectamente su rol es, por su parte, un servicio hacia nosotros.

Todos estamos en función del otro. Los hijos en función de los padres. Los padres en función de los hijos. El maestro en función de los alumnos y viceversa, y así con multitud de relaciones jerárquicas.

Así por ejemplo los empresarios reciben el trabajo de sus empleados y estos a su vez les proporcionan un modo de ganarse el sustento en paz.

Podemos decir que cuando todos proceden rectamente con todos, sin abusos ni injusticias, es el amor lo que rige todo.

Jesús corrobora todo esto:

Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, pues el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate* por muchos.»      (Mt.20, 25-28)

Por supuesto, para que esto funcione todos debemos ser siervos de todos, servir con amor, respeto por la personalidad y la dignidad de nuestro prójimo, porque la dignidad no está en el lugar que se ocupa pero si en el derecho que persona. Uno es el derecho del padre, otro el del hijo; uno el del maestro, otro el del alumno.

Unos estarán en un puesto de gobierno, otros solo obedecen, pero todos somos seres creados por Dios, inteligentes y capaces de conocerle. También de discernir entre el bien y el mal con el fruto de ese discernimiento decidimos nuestro destino eterno.