viernes, 13 de marzo de 2026

RECORDANDO EL MENSAJE DE FATIMA III


 


AMARAS AL SEÑOR TU DIOS

¿Por qué Dios quiso darnos este precepto? ¿Necesita acaso Dios de nuestra adoración?

Dios es infinitamente feliz en sí mismo, no precisa de nadie ni de nada, Tiene en sí todos los bienes, y toda la plenitud, y puede disponer de todo sin que nada se le oponga. Por tanto, nuestra adoración nada le añade.

El adorarle a él fue dispuesto más bien en función nuestra, pues esa adoración va a repercutir en beneficio nuestro.

Él es el único digno de ser adorado, de recibir nuestra adoración y ¡de recompensarla!

Este mandamiento esta dictado por el Amor. Dios nos mandó adorarle solo a él para que no anduviésemos adorando falsas dignidades que nada pueden hacer por nosotros.

Leemos en el libro de Deuteronomio:

6 «Yo soy Yahvé tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre.

7 «No tendrás otros dioses fuera de mí.

8 «No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. 9 No te postrarás ante ellas* ni les darás culto. Porque yo, Yahvé tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, cuando me odian, 10 pero tengo misericordia por mil generaciones cuando me aman y guardan mis mandamientos.

(Deuteronomio, 5 6-9)

Esta adoración es un precepto de Amor. Agradecemos que Él nos amara primero. Desde la eternidad nos dio el ser y nos dio beneficios en el orden de la naturaleza y de la gracia, y lo más importante: Un destino a la vida eterna donde participaremos plenamente de los dones de Dios. Esto último no lo hará sin que lo aceptemos libremente: Por esto existe el infierno que es la opción de rechazar definitivamente a Dios.

La observancia de este mandamiento nos aproxima a Dios. Por este mandamiento encontramos la misericordia, el perdón y la gracia.

En el libro del Éxodo, leemos como tras el episodio del becerro de oro en el que ante la ausencia de Moisés el pueblo se fabricó una imagen falsa de Dios fabricó el pueblo para adorarlo según su gusto sin respetar lo establecido por Dios, Moisés regresa al Horeb para interceder por el pueblo. Allí pide a Dios que le muestre su bondad. Moisés adorando la conoce la inmensidad de su bondad. Dios sigue amando a su pueblo a pesar de sus pecados.

Jesús también nos habla también del amor y paciencia de Dios:

Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa.

A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas.

Tengo otras ovejas que no son de este redil. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor.

(Juan 10, 11-16)

Nosotros siguiendo a Cristo somos herederos de las promesas de Dios a su pueblo. El vela por nosotros y nos cuida en la iglesia a donde por gracia suya hemos sido llamados. Jesús invita a todos a su rebaño aunque respeta nuestra libertad.

Los que lo acogen entran en este Espíritu de adoración que, como a Moisés, nos hace conocer la bondad de Dios.

Como Moisés, adoremos a Dios, amémosle y sirvámosle, pues nuestra adoración es fruto del amor que cree, espera, confía y ama devolviendo el amor que Dios tuvo primero.

Lo expresa la oración que el ángel enseño a los tres pastorcitos: “Señor, creo, espero y os amo”