AMARAS AL SEÑOR TU
DIOS
¿Por qué Dios quiso
darnos este precepto? ¿Necesita acaso Dios de nuestra adoración?
Dios es infinitamente
feliz en sí mismo, no precisa de nadie ni de nada, Tiene en sí todos los
bienes, y toda la plenitud, y puede disponer de todo sin que nada se le oponga.
Por tanto, nuestra adoración nada le añade.
El adorarle a él fue
dispuesto más bien en función nuestra, pues esa adoración va a repercutir en
beneficio nuestro.
Él es el único digno
de ser adorado, de recibir nuestra adoración y ¡de recompensarla!
Este mandamiento esta
dictado por el Amor. Dios nos mandó adorarle solo a él para que no anduviésemos
adorando falsas dignidades que nada pueden hacer por nosotros.
Leemos en el libro de
Deuteronomio:
6 «Yo
soy Yahvé tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de
servidumbre.
7 «No
tendrás otros dioses fuera de mí.
8 «No
te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni
de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la
tierra. 9 No te postrarás ante ellas* ni les darás culto.
Porque yo, Yahvé tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los
padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, cuando me
odian, 10 pero tengo misericordia por mil generaciones
cuando me aman y guardan mis mandamientos.
(Deuteronomio, 5 6-9)
Esta adoración es un
precepto de Amor. Agradecemos que Él nos amara primero. Desde la eternidad nos
dio el ser y nos dio beneficios en el orden de la naturaleza y de la gracia, y
lo más importante: Un destino a la vida eterna donde participaremos plenamente
de los dones de Dios. Esto último no lo hará sin que lo aceptemos libremente:
Por esto existe el infierno que es la opción de rechazar definitivamente a
Dios.
La observancia de
este mandamiento nos aproxima a Dios. Por este mandamiento encontramos la
misericordia, el perdón y la gracia.
En el libro del Éxodo,
leemos como tras el episodio del becerro de oro en el que ante la ausencia de
Moisés el pueblo se fabricó una imagen falsa de Dios fabricó el pueblo para adorarlo
según su gusto sin respetar lo establecido por Dios, Moisés regresa al Horeb
para interceder por el pueblo. Allí pide a Dios que le muestre su bondad.
Moisés adorando la conoce la inmensidad de su bondad. Dios sigue amando a su
pueblo a pesar de sus pecados.
Jesús también nos
habla también del amor y paciencia de Dios:
Yo soy el Buen
Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. No así el asalariado, que no
es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando
las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa.
A él sólo le interesa
su salario y no le importan nada las ovejas. Yo soy el Buen Pastor y conozco
los míos como los míos me conocen a mí, lo mismo que el Padre me conoce a mí y
yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo otras ovejas
que no son de este redil. A esas también las llevaré; escucharán mi
voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor.
(Juan 10, 11-16)
Nosotros siguiendo a
Cristo somos herederos de las promesas de Dios a su pueblo. El vela por
nosotros y nos cuida en la iglesia a donde por gracia suya hemos sido llamados.
Jesús invita a todos a su rebaño aunque respeta nuestra libertad.
Los que lo acogen
entran en este Espíritu de adoración que, como a Moisés, nos hace conocer la
bondad de Dios.
Como Moisés, adoremos
a Dios, amémosle y sirvámosle, pues nuestra adoración es fruto del amor que
cree, espera, confía y ama devolviendo el amor que Dios tuvo primero.
Lo expresa la oración
que el ángel enseño a los tres pastorcitos: “Señor, creo, espero y os amo”

