EL CONOCIMIENTO DE DIOS
El fin de todo
hombre, pues para esto fue creado, es al fin de su vida terrena poder gozar
eternamente de la visión y compañía de Dios. Esta visión de Dios “cara a cara”
es lo único que colmará plenamente todos los anhelos del hombre de felicidad y
plenitud. San Agustín lo expresa muy bien con esta frase: “Nos hiciste, Señor
para ti, y nuestro corazón no descansara hasta que repose en ti.
Santa Teresa de
Calcuta dice que la mayor pobreza es no tener a Dios.
El principio de toda
vida espiritual es creer en Dios; podemos ser pobres pero en Dios lo somos todo
y nada nos falta.
La persona que cree
en Dios es feliz porque sabe que tiene un Padre que está en el origen y la cima
de toda paternidad humana: ama a su Padre, descansa en sus brazos y vive para
ese Padre que sabe ser bondad, misericordia, perdón y amor.
¿Cómo podemos
encontrarnos con Dios?
Si no tenemos fe ni
capacidad de creer en él pedir este don rezándole: “¡Señor, ayúdame a creer!
También nos ayuda la
contemplación de su creación. No podemos ver ni sentir físicamente a Dios y
esto nos puede llevar a pensar que no existe. También en lo creado existen
cosas invisibles como por ejemplo las ondas de radio. No las vemos ni sentimos,
solo por sus efectos tenemos la certeza de su existencia.
La creación es un
efecto de la acción de su creador. Todo el orden y armonía se rige por su
voluntad con leyes amorosas y admirables.
Una vez decidido que
queremos aceptar libremente esta amistad y aceptación del fin para que el Señor
nos creó ¿Qué debemos hacer?
Recordemos el
evangelio del joven rico (Mateo 19:16-30 / Marcos 10:17-30 El joven
pregunta: Maestro bueno ¿Qué he de hacer para tener la vida eterna? Jesús responde: Si quieres entrar en la vida
eterna, guarda los mandamientos: No mataras; No cometerás adulterio; No
robaras; No darás falso testimonio; Honra a tu padre y a tu madre y Amaras al
prójimo como a ti mismo.
Este es el camino del
cielo: Cumplir los mandamientos.
La Santísima Virgen María
en la primera aparición en Fátima dijo que en las últimas diría lo que quería,
como así hizo.
Entre otras cosas
dijo: “No ofendan más a Dios que ya está muy ofendido”
Lo que más ofende a
Dios es la transgresión de sus mandamientos.
Todos somos reos del
pecado original que nos hace desconfiar del amor de Dios. Creemos que el viene
como tirano a dominarnos y recelamos de él.
Esto le pasaba al
pueblo de Israel en el Sinaí. Tenían miedo de acercarse a la presencia de Dios.
Tenían miedo de él. Moisés en cambio si puede subir por su humildad y
permanecer en la presencia de Dios.
Moisés por este mayor
conocimiento de Dios llega a ser conocedor de sus mandatos que trasmite al
pueblo y este acepta.
Hoy el mensajero que
nos enseña la voluntad de Dios y proclama sus mandatos es la Iglesia. Jesús ha dejado
en su Iglesia su palabra y los sacramentos como canales para redimirnos e ir
hacia Dios.
Obedezcamos pues lo
que la Iglesia nos enseña el camino que nos dará paz en medio de las luchas,
nos llevará a confiar en Dios y a poder –con la ayuda de su gracia, pues
nuestra debilidad, fruto del pecado original, siempre será un obstáculo-
encontrarnos con él y llegar al fin para el que Dios nos creó: Ir al cielo.


