No invocar el nombre de Dios en apoyo de la mentira.
“No tomarás el nombre del Señor, tu Dios en falso porque el Señor no dejara impune a quien tome en falso su nombre”.
Este mandamiento nos pide vivir en la verdad: Primero con el Señor, y consecuentemente con el prójimo y con nosotros mismos.
Dios es la Verdad y por tanto incompatible con la mentira. Sin embargo, Dios al hacernos libres, para que podamos ejercer nuestra libertad, respeta que cojamos caminos que no llevan a la verdad. Pero con la muerte se nos revelará la auténtica verdad. Es decir solo hay una autentica verdad: Dios y su misterio, que no dejará de serlo por más que nos enseñemos en negarla.
Podemos engañarnos a nosotros mismos, y engañar a los demás. Pero no a Dios que penetra y ve todo como si fuera agua cristalina. Dios conoce nuestra intención aunque esta no quede reflejada en los hechos: Dios no ve las apariencias, sino el corazón.
Dios ama un corazón sincero que tenga pureza de intención: Dios no quiere fasos propósitos si no nuestra verdadera intención.
En el libro del Génesis se nos cuenta como Dios pregunta a Adán: “¿Dónde estás?” –en una palabra: ¿Cuál es tu verdad? Adán responde de modo sincero: “Tuve miedo y me escondí, pues vi que estaba desnudo”.
También nosotros necesitamos sincerarnos frente al Señor y exponerle nuestra realidad, nuestras debilidades y pecados, confiando en su divina misericordia.
Sor Lucia de Fátima nos dice que un modo de mentir al Señor es no cumplir los votos o juramentos que uno mismo hace ante Dios. Dios no obliga a nadie a prometerle nada, pero si uno lo hace, como lo hace por su propia voluntad, se hace acreedor de cumplirlo.
Del mismo modo no podemos engañar al prójimo y menos invocar el nombre de Dios en afirmaciones falsas, engañosas y astutas. Además, tano el mal como el bien hecho al prójimo, Dios lo considera como hecho a él.
“Lo que hicisteis a estos, mis pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40)
En el capítulo 11 del evangelio de Lucas, Jesús tras reprochar a los fariseos y doctores su doblez, recomienda a los discípulos: “Guardaos de la levadura de los fariseos que es la hipocresía: No hay nada oculto que no sea descubierto”, (Lc 11,46)
El abuso de la ignorancia del prójimo, la flaqueza del prójimo, la necesidad del prójimo y la confianza del prójimo: Todo es mentira y pecado contra la caridad y la verdad
Por último, también nos engañamos a nosotros mismos. Lo hacemos cuando movidos por nuestra pasión, nuestra debilidad elegimos el mal en vez del bien siguiendo el atractivo de nuestras malas inclinaciones.
El demonio, padre de la mentira, llevado por su orgullo, engañándose a sí mismo, se asesinó a sí mismo al querer elevarse sobre Dios cayo en el abismo.
El orgullo nos lleva a caer en la tentación. La tentación es seductora, nos promete lo que no nos puede dar. La verdadera felicidad se encuentra en Dios: Es ahí donde encontraremos la verdad y la felicidad.

