Guardar los
días de Precepto
Ya desde el antiguo testamento nos viene dado este
precepto:
“Seis días trabajaras y harás tus obras, pero el
séptimo día es de descanso, consagrado al Señor tu Dios, y no harás en el
trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni
tu ganado, ni extranjero que este dentro de tus puertas, pues en seis días hizo
el Señor el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene, y el
séptimo descanso. (Éxodo 20, 9-11)
Sabemos que en el antiguo testamento este día
consagrado era el sábado. La iglesia con la autoridad recibida de Cristo: “Te
daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra
quedará atado en los cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará
desatado en los cielos (Mateo 16, 19)” sustituyo el sábado por el domingo para
conmemorar, no solo la obra de la creación, sino también la obra de la
redención efectuada por Cristo, nuestro salvador, quien resucito en un domingo.
Vamos ahora a explicar el sentido de este precepto, o
dicho de otro modo: ¿Cómo cumplirlo?
Leemos en la escritura: “Trabajaras durante seis días
(…) Pero, el séptimo día es día de descanso consagrado al Señor tu Dios.”
Vemos que el objeto del domingo no es solamente el
descansar de trabajos serviles, si no también, y sobre todo, un día para ser consagrado
al Señor.
Es decir, un día para dedicarnos a la relación con
Dios: La oración y la liturgia; obras de caridad como visitar un enfermo;
disfrutando de nuestras relaciones con familiares y amigos; escuchando al
prójimo; etc.
Si nuestra observancia del domingo se limitase
solamente a no trabajar, no podríamos decir con conciencia tranquila que
cumplimos el mandamiento de Dios, porque habremos respetado la parte referente
al descanso, pero nos falta la parte de la consagración del día del Señor.
Es que Dios no nos creó simples seres materiales,
tenemos también una parte de nuestro ser que es espiritual, que nos hace
semejantes a Dios. Somos seres que piensan, conocen, escogen libremente y
deciden; somos obra del pensamiento de Dios, creados por voluntad de Dios. Es
por eso que la parte espiritual tiene que acompañar y santificar el descanso
físico corporal.
Y todavía menos cumplirán estos preceptos aquellos que
aunque se ocupen en distracciones pero estas no sean conforme a la voluntad de
Dios, como por ejemplo aquellas que nos lleven a pecar.
Dice la sagrada escritura: “El que profane el sábado,
será castigado con la muerte; el que trabaje en este día será borrado de en
medio de su pueblo” (Éxodo 31, 14-15)
Como vemos el texto insiste en la importancia de la
consagración de este día al Señor.
Jesucristo, que nos hizo entrar en la libertad de los
hijos de Dios dice: “No esta hecho el hombre para el sábado sino el sábado para
el hombre”. En la libertad que nos da Dios no se excluye que podamos realizar actividades
y más si van encaminadas al bien común como por ejemplo un médico de guardia,
pero esas actividades no han de ser lo más importante de este día, si no que en
el estemos de cara a Dios.
La consagración del domingo exige que por lo menos una
parte del día sea para el encuentro con el Señor. Un encuentro donde nos
pongamos en comunicación más directa y sentida con el Señor por medio de la
oración privada y colectiva, participando en la Santa Misa, rezando en familia.
Por ejemplo supongamos estamos en una parte del mundo
donde no haya cerca un templo donde acudir a la eucaristía, el modo de
santificar este día puede hacerse por ejemplo teniendo un rato de oración
individual o colectivo donde se pueden leer las lecturas de la misa, rezar la
liturgia de las horas o el Santo Rosario.
Este consejo no obsta para que siguiendo el precepto
de la Santa Madre Iglesia, si no hay impedimento grave, se debe asistir a la
Santa Misa los domingos y fiestas de guardar independientemente de que se
comulgue o no en ella.
Es por esto que la iglesia, nuestra madre, nos manda
participar en este día de la eucaristía. La eucaristía es el gran encuentro con
Cristo que por amor a nosotros se esconde en las especies del pan y del vino.
Si lo recibimos en estado de gracia, recibiremos su espíritu que nos dará
fuerzas en nuestro caminar por esta vida.
Si no estamos en estado de gracia, también puede ser
un buen día para reconciliarnos con Dios mediante la confesión.
Por último decir que debemos asistir a la Santa Misa
con fe, prestando atención y uniéndonos desde el silencio a las oraciones del
sacerdote, pues aunque preside él, es juntamente toda la asamblea quien
comparte y dirige a Dios las oraciones que el sacerdote formula.

